“No todos los que vagan están perdidos”
-J. R. R. Tolkien
Cuando nuestros ancestros llegaron de las tierras al otro lado del mar, del viejo continente, ya fuera por un sentido de aventuras, escapando de guerras y persecución, o simples motivos económicos, y se esparcieron a todo lo largo y ancho del nuevo continente en el oeste, sucedió algo trascendental, quizá invisible para ellos en ese entonces, pero que nos ha moldeado a nosotros, sus descendientes, siglos después de su llegada.
¿Que fue ese “algo” trascendental? Una ruptura, una separación, no solo física, si bien los estragos de la desconexión con su tierra nativa son más que evidentes, si no algo más profundo, una aflicción que aquellos que vinieron y se asentaron pudieron dejar de lado, pero que se acentuaba con cada generación nacida en este nuevo suelo.
A los que nacieron de una unión de sangre pura en suelos de las Américas se les asigno una etiqueta, se les restringió de cargos y opciones que, por derecho y sentido común deberían pertenecerles, se les heredo una ley y una religión que los hacia iguales a los nativos, esas nuevas generaciones, incluso manteniendo su linaje del viejo continente, eran, a los ojos de sus contrapartes, una camada diferente
Este estado de rompimiento solo se hizo más presente con la caída de los imperios ibéricos en sus respectivas zonas conquistadas en las américas, las estructuras civiles conectadas al otro lado del mar, que lograban lo que a la corona y a la iglesia parecía más bien importarles poco, la preservación y avance de la estirpe fueron segadas completamente, la erección de las modernas “naciones” marco un principio del fin con un mensaje claro, aquí no había lugar para los criollos, abandonados por Europa y en un territorio hostil, aquellos que mantuvieron su sangre y su mentalidad tachada de arcaica no tuvieron otra opción que vagar.
Y vagaron . . .
Vagaron físicamente, muchos se instauraron en lugares remotos que fueron relegados por los demás, considerandos inhabitables, mientras los no-semejantes se abstenían de aquellos lugares por “no ser adecuados”, los nuestros se adaptaban o los adaptaban, no importaba que tan tempestuoso fuera el clima o difícil el terreno ni que tan poco fértil o desolada la tierra, hasta ahí llegarían si eso significaba su propia preservación, tan caprichoso es el destino, que los lugares a donde llegaban los nuestros se convertían en potencias, atrayendo aquellos indeseables de los cuales se alejaban en primer lugar, y hoy, de nuevo vagamos nosotros, buscando otro lugar.
Vagaron espiritualmente, algunos, por puro sentido de la “tradición” aferrándose al cadáver compuesto de instituciones corruptas y creencias ajenas que les legaron aquellos que los dejaron a su suerte, algunos desechándolo por completo, pero sin medios por los cuales adoptar el auténtico espíritu de su sangre, y hoy, de nuevo, vagamos nosotros, buscando el verdadero espíritu guía de nuestros ancestros.
Vagaron sin un hogar al que volver, y sin un destino al que ir, y quizá, dispersos, se sintieron solos, y quizá, sin una tribu a su lado, maldijeron a aquellos que los habían dejado varados aquí, siguiendo adelante por convicción pura, y hoy, de nuevo, vagamos nosotros, solos, buscando a aquellos dispersos.
Y así, vagamos, pero mientras nuestra casta exista, nuestro ingenio será inextinguible, nuestra voluntad inamovible y nuestro espíritu indomable, si no hay una tribu a nuestro lado formaremos la nuestra, si no hay hogar al que volver forjaremos el nuestro, porque no hay lugar para derrotismo o nihilismo de cualquier clase, no cuando tenemos una verdadera misión, y si, quizá seguiremos vagando, pero con el propósito como destino, nunca estaremos perdidos.
Vidhjaf
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